Padres buscan limpiar nombre de su hijo, acusado de acoso sexual por su novio
Las pruebas de Sergio
Esta es la historia detrás del suicidio de Sergio
Urrego, de 16 años.
Por: Natalia Herrera Durán
“Esta carta
se ha escrito con el fin de esclarecer ciertos datos acerca de la denuncia de
acoso sexual que han puesto los padres de mi expareja. Lo hago de manera
escrita debido al suicidio que he cometido y porque no quiero que los 16 años
de vida que tuve se hallen con una oscura mancha llena de mentiras”. Así
empieza una de las cartas que Sergio Urrego dejó en su casa, una hora antes de
quitarse la vida. Se lanzó de la terraza del centro comercial Titán Plaza, al
noroccidente de Bogotá, el pasado 4 de agosto.
Cada 40 segundos, en alguna parte del mundo, una
persona se suicida. Sergio Urrego entró a engrosar esa cifra estéril que esta
semana divulgó la Organización Mundial de la Salud, pero antes de hacerlo dejó
por escrito todos los indicios que apuntarían a que su muerte está fuertemente
relacionada con la discriminación que vivió en su colegio por ser gay. Un mes
después de los hechos, con el dolor vivo —innombrable— que significa perder a
un hijo, su mamá Alba Reyes y su papá Robert Urrego autorizaron revelar los
detalles de su historia.
“Mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio
paraíso”, es el mensaje que todavía se lee en el muro de Facebook de Sergio
Urrego. Eso creía este joven, para quien el amor no era una cuestión de
géneros, de hombres y mujeres que se casan y reproducen. Hace 6 años estudiaba
en el Gimnasio Castillo Campestre, una institución católica, en Tenjo, de 600
estudiantes de clases media y alta, que se ufana de “rescatar los valores para
alcanzar la paz”.
Llegó aquí por la ilusión de sus padres de que
cursara bachillerato en un colegio más grande y con mejores instalaciones al
del barrio, donde cursó primaria becado. Estaba en 11° grado, y su novio, hace
mes y medio, era un compañero del curso. Todo empezó a comienzos de mayo de
2014, cuando el profesor Mauricio Ospina decomisó un celular que tenía una foto
de Sergio Urrego y su pareja dándose un beso. El profesor llevó el caso a las
directivas de la institución y los jóvenes fueron llamados a “Psicorientación”.
Allá les dijeron que estaban cometiendo una falta
grave, porque el manual de convivencia decía que estaban prohibidas “las
manifestaciones de amor obscenas, grotescas o vulgares en las relaciones de
pareja dentro y fuera de la institución” y que estas relaciones debían ser
autorizadas por los padres. Sergio y su pareja fueron llamados en repetidas
ocasiones a la oficina de la psicóloga del colegio, Ivón Andrea Cheque Acosta.
Fue ella quien los citó, el 12 de junio, junto a la coordinadora de turno y
cuatro docentes más, para que explicaran su relación de pareja y para que les
contaran a sus padres que estaban citados el 20 de junio para hablar del tema.
Una amiga de clase recuerda que estaban preocupados y temerosos de esta
reacción. Sergio se llenó de valor. Primero le contó a su papá, a quien le
tenía una profunda confianza, y luego a su mamá. Los dos lo respaldaron y le
recordaron que más allá de sus preferencias sexuales él era su hijo y lo iban a
apoyar. El escenario fue radicalmente distinto para su novio: sus padres se
escandalizaron, lo aislaron y lo retiraron de clases.
El 20 de junio, Alba Reyes, la mamá de Sergio, fue
a la cita acordada. Al llegar, la rectora Amanda Azucena Castillo preguntó por
el papá, Reyes le explicó que por compromisos laborales no pudo asistir.
Castillo respondió que Sergio no podía entrar a clases hasta después de
vacaciones cuando se diera la reunión con el padre. “¿Está violando mi derecho
a la educación?”, le preguntó Sergio, y ella respondió desafiante que sí.
Cansados de tantos atropellos, el 1° de julio, Alba
Reyes y su hijo radicaron una queja ante la Secretaría de Educación de
Cundinamarca en contra del colegio Gimnasio Castillo Campestre. El documento
denunció varios supuestos cobros arbitrarios en el colegio y la discriminación
que tuvo su hijo por su preferencia sexual. También relató que la rectora
Castillo no les entregó los últimos resultados académicos de Sergio, a pesar de
estar “a paz y salvo” con la institución.
En diálogo con El Espectador, la secretaria de
Educación de Cundinamarca, Piedad Caballero, afirmó que aún no han respondido
la queja que interpuso la madre de Sergio. Sin embargo, explicó que se
realizaron visitas para verificar las denuncias. El informe que reportaron los
funcionarios , luego de hablar con la rectora Castilla, señaló que Sergio era
un joven abandonado por su familia, pero nunca refirió el trato discriminatorio
por parte del colegio que denunciaron sus padres. En cuanto a las supuestas
irregularidades por cobros arbitrarios, Caballero explicó que siguen en proceso
de investigación, porque el colegio pidió suspender las visitas, ya que tras la
muerte de Sergio manifestaron sentirse amenazados por la Unión Libertaria
Estudiantil, la organización anarquista a la que perteneció este joven.
La última reunión entre el colegio y los padres de
Sergio fue el 12 de julio. A ella asistieron la rectora, el director, la
psicóloga y una profesora. Las directivas dijeron que no era cierto que
estuvieran discriminando a Sergio por su orientación sexual, pese a sus
reproches sobre que no tuvieran la misma actitud frente a las parejas
heterosexuales. La rectora afirmó que este caso era distinto porque existía una
queja de acoso sexual contra él. Sergio lo negó sorprendido. Sus padres
pidieron pruebas. Castillo dijo que no las tenían en ese momento y advirtió que
la única forma para que el joven volviera a clases era que presentara un
certificado de acompañamiento psicológico todos los meses hasta el día de su
grado.
El lunes 14 de julio el papá llevó el certificado
al colegio para que su hijo por fin reanudara clases. Pero al día siguiente,
mientras Sergio esperaba que lo recogiera la ruta del bus, la psicóloga lo
llamó y le dijo que los documentos no cumplían con los “parámetros requeridos”
y que no podía ir a la institución. “Llamé desesperada al psicólogo para
decirle que me ayudara a corregir los certificados porque no querían dejarlo
entrar. Yo ya veía muy angustiado a Sergio por todo esto”, señaló Alba Reyes.
Por esos días, fiscales de la Unidad de Reacción
Inmediata de Engativá llamaron por error a Robert Urrego y le contaron que
efectivamente existía una denuncia por acoso sexual contra su hijo. La queja la
habían puesto los papás del compañero de Sergio. El derecho de petición que
hicieron, el 22 de julio de 2014, dice que Sergio “pretende con su actuar
manipular y dominar a su hijo para que acceda a mantener una relación de
noviazgo con él por medio de manifestaciones afectivas en público”.
“Sergio estaba destrozado con la denuncia”, afirmó
su padre, Robert Urrego. Por eso decidieron retirarlo e inscribirlo en su
antiguo colegio, el Liceo Normandía. Sus compañeros lo despidieron con mensajes
en una cartelera pequeña. La directora y profesora de este pequeño plantel,
Olga Milena Jankovich, recuerda a Sergio como el mejor estudiante que ha tenido
y relata que por esos días él le contó la situación y le pidió consejo, porque
“lo único” que quería era terminar el bachillerato.
El 28 de julio, los papás de Sergio radicaron la
petición de retiro, en la que dejaron constancia de la discriminación y trato
degradante que recibió su hijo por parte de las directivas. En el documento
solicitaron que les reintegraran los derechos de grado y les dieran
certificados de paz y salvo. El colegio negó la petición el 1° de agosto,
argumentando que ya se había hecho la reserva y consignación de la fiesta de
graduación.
Para seguir con la pesadilla, a Alba Reyes le
pusieron una denuncia ante una Comisaría de Familia por abandono de hogar,
manifestando que ella vivía en Cali y que Sergio estaba solo en Bogotá, con su
abuela de 90 años. El tema terminó con una visita domiciliaria a Sergio, a la
que su madre no pudo asistir. “Entraron a mi casa y cuestionaron a Sergio, al
final la funcionaria dijo que no se trataba de un caso de violencia
intrafamiliar”, mencionó Alba Reyes.
A pesar del retiro del colegio, por trámites de
inscripción, Sergio presentó las pruebas del Icfes a nombre del Gimnasio
Castillo Campestre, el pasado 3 de agosto. Alba Reyes voló a Cali al día
siguiente para avisarle al gerente de la sede en la que trabaja que no podía
viajar más porque le afanaba mucho que por los procesos legales en curso le
quitaran a su hijo. Esa misma noche regresó a Bogotá. Cuando entró encontró en
la mesa del comedor una nota que decía: “Se presentó un problema, no puedo ir
al colegio”. Extrañada subió a buscar a Sergio a su cuarto. En la cama encontró
la segunda nota que decía: “Estas cosas sólo las pueden tocar mi madre o mi
padre. Las que están selladas entregarlas así. No abrir”, junto a varios libros
y una nota para sus amigos.
Allí también dejó la segunda misiva, quizá la más
dura y desesperanzadora, donde se despide con cariño de su padre, de su abuela
y de su madre. “Hoy espero lean las palabras de un muerto que siempre estuvo
muerto, que caminando al lado de hombres y mujeres imbéciles que aparentaban
vitalidad, deseaba suicidarse, me lamento de no haber leído tantos libros como
hubiese deseado, de no haber escuchado tanta música como otros y otras, de no
haber observado tantas pinturas, fotografías, dibujos, ilustraciones y trazos
como hubiese querido, pero supongo que ya puedo observar a la infinita nada”,
escribió Sergio, luego de pedir que donaran sus órganos y que no lo enterraran
con curas ni oraciones; también dejó claro que el detonante de su muerte fueron
todos los problemas que tuvo últimamente en el colegio.
La tercera carta la dejó en la mesa de noche de su
madre: “A quien corresponde”, decía el encabezado y en ella desmiente las
acusaciones por acoso sexual de la familia de su novio: “En la memoria de mi
celular y en el escritorio de la pc quedan dos pantallazos de nuestras
conversaciones en Whatsapp que demuestran que él no se sintió acosado en ningún
momento, pues respondía con naturalidad a los mensajes. También hay pantallazos
de la conversación que él tuvo con un amigo después de que les contara a sus
padres sobre su orientación sexual, en los que escribió que estaba vuelto
mierda debido a la posición que tomó su madre después de recibir la noticia (…)
Él puede confirmar la veracidad de toda esta información, así como los testigos
de nuestros actos (cuando había). Nunca en mi vida he acosado sexualmente a
nadie, me parece un acto reprochable”.
El 4 de agosto de 2014, Sergio se bañó a las 7:00
p.m., le mostró el uniforme de su nuevo colegio a la persona que cuida a su
abuela y salió de la casa. Dejó la comida servida. Llegó al centro comercial
Titán Plaza y tras cruzar varios mensajes de despedida con amigos se lanzó de
la terraza. Falleció tres horas después en la Clínica Shaio de muerte cerebral.
El viernes 8 de agosto fue el funeral. Una de sus compañeras, que pidió
proteger su identidad, recuerda que ese día fueron 40 de los 42 estudiantes de
11° grado del colegio. A la semana siguiente, el martes 26 de agosto, a los
estudiantes los citaron a una reunión. La psicóloga les pidió que fueran
discretos con el suicidio de Sergio. La rectora Castillo les dijo que como no
habían pedido permiso para ir al velorio, tenían que reponer el día el próximo
sábado. En la reunión nunca escucharon que la rectora lamentara la muerte de
Sergio, pero sí que se refirió a él como “anarco”, ateo y homosexual. Este
diario llamó en cinco oportunidades al Gimnasio Castillo Campestre para
consultar sobre todas las denuncias a la rectora Castillo, pero manifestaron
que estaba en una reunión y no podía hablar.
Para quienes conocían y querían a Sergio nada en la
descripción que hizo la rectora podía considerarse malo. Sabían que él, así
como sacaba los primeros puestos en todas las clases, también era gay,
anarquista y pertenecía a la Unión Libertaria Estudiantil. Conocían su estilo
crítico e irreverente, sus duros reproches a las religiones y su apertura para
expresar sus preferencias homosexuales.
Sergio Urrego quería graduarse, tenía pensado
estudiar inglés en Australia y luego ingeniería ambiental. Su papá, con la voz
entrecortada por el llanto, dice que su hijo se suicidó como un grito de
protesta. Su madre afirma que no descansará hasta limpiar su nombre, por eso
presentará, con el apoyo jurídico de Colombia Diversa, una tutela la próxima
semana. Sus amigos y familiares planean hacer un plantón y manifestación
cultural a su nombre el próximo viernes, frente al colegio y el centro
comercial Titán Plaza.
En una de las tres cartas que este joven dejó se
despidió de su abuela. Escribió que iba a extrañar sus manos, su manera de
mirar, de soñar, de añorar la juventud: “Nunca deseé morir antes que ella, pero
esto ya no da más. En realidad pido unas muy sinceras disculpas por esto”,
dijo. Sus palabras son una puñalada para quienes creemos que su muerte deja
lecciones profundas y complejas sobre esta sociedad limitada, tan fiel
representada por el sistema educativo.
TOMADO: http://www.elespectador.com/noticias/bogota/pruebas-de-sergio-articulo-515085